Proyectos Productivos
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La tierra, que era de Dios, se había vuelto propiedad de hombres que nada hacían con ella.

— Resurrección, Tolstói

El principio tenía forma de espiral, y el centro del principio era color magenta. La Mama reposaba junto al telar vacío, mientras la larga cinta de fibra se derramaba entre sus manos, como el cauce de los ríos. Alrededor, solo la lluvia hacía sonar su innumerable goteo. Aunque nada había vuelto a tejerse todavía, el Pishimisak y el Kallim ya contenían los lagos que volverían a llenarse.

La Mama miró las gotas caer junto a sus pies, preparó las agujas y los hilos, y sosteniendo el principio del sombrero comenzó a enrollar en él las formas del mundo. Al clavar la primera aguja en la copa, hizo reaparecer la bóveda del cielo, las estrellas y el arcoíris que decoraba las figuras que volverían a formar aquellas de los páramos. La larga cinta se convirtió en copa mientras la lluvia no paraba, y la Mama tampoco.

Sentada sobre el banco de madera, comenzó a tejer el círculo del ala. El horizonte, el frío y la niebla volvieron a juntarse. Con el amor comunal como su centro, las líneas del territorio sagrado fueron trazadas. Mujeres y hombres vestidos con los colores de las flores volvieron a pasar, hijos del aguacero, junto al telar vacío. Entonces, la Mama miró su obra.

Donde antes estaba la cinta, ahora crecía el huerto. Ruda, ortiga, arrayán y malva en la misma tierra donde mucho después la guerra plantaría sus propias cosechas, pero cuyos tiempos ya estaban contenidos en la espiral del sombrero. Porque así como había enrollado al mundo, lo desenrollaría una vez más para restituir toda vanidad a las entrañas de la tierra. Y fue justo así que, una vez más, dejó de llover y la Mama suspiró. Cerró los ojos mientras el colibrí, mensajero de los dioses, pasó anunciando la muerte de la que volvería a brotar vida.

Porque el final tenía forma de espiral, y el centro del final también era color magenta.